Una imagen basta para saber que estamos botando, literalmente, la plata: así se haga el deber de reciclar en casa, al mismo camión recolector caen por igual residuos alimenticios, cartones, envases de vidrio, papeles, empaques plásticos… y la lista de recursos valiosos desechados se extiende, mientras el “camión de la basura” avanza lento por una calle residencial de Medellín.

Eso es un ejemplo de una economía costosa, ineficiente y lineal: producir, fabricar y tirar, para pagar una tasa de aseo que cada vez será más costosa.

16033210836_7a324b8d9a_oEn contraste, ya hay ciudades europeas en que menos de un cinco por ciento de los mal llamados desechos terminan en un relleno sanitario. ¿Y las miles de toneladas de más? Se prolonga su vida útil. Por ejemplo, son fuente para generación de energía, o se recomercializa, se repara, se desmonta y se refabrica. Desde la demanda, los mercados de segunda mano son habituales, impulsados por prácticas del llamado consumo colaborativo.

Los gobiernos del Viejo Continente dan incentivos económicos adecuados porque saben que es la manera de generar nuevos empleos, más innovación. Y también mejores resultados económicos a las empresas en el uso racional de recursos cada vez más limitados y costosos como agua, transporte, combustibles y energía.

Eso es un ejemplo de una rentable economía circular que, siguiendo el ejemplo de la naturaleza, no genera desechos: los transforma. Es un ciclo cerrado que estimula la innovación, la competitividad y, en últimas, la sostenibilidad: se crea materiales y productos que sirvan para alimentar a otras cadenas de valor (ver gráfico).

“La economía circular se identifica con el reciclado de los residuos. Pero el reciclado es la práctica menos sostenible de todas las actividades económicas circulares, en cuanto a rentabilidad y eficiencia de los recursos”.

Así lo advirtió en una entrevista reciente el economista suizo Walter Stahel, autoridad mundial en sostenibilidad, asesor de la Comisión Europea, precursor de la economía circular e inventor de su eslogan: “de la cuna a la cuna” (cradle to cradle).

Ahora el tema toma relevancia para Colombia por cuatro aspectos definitivos para su crecimiento económico en tiempos de una advertida desaceleración.

De una parte, los fenómenos climáticos como El Niño encarecen las tarifas de energía y, por ende, los costos de producción. Además, la devaluación del peso frente al dólar aumentó el valor de materias primas importadas para la fabricación nacional. Al final, los consumidores pagan más plata por lo mismo.

Con una menor demanda interna, no hay de otra que exportar. Pero cada vez son más los potenciales clientes internacionales que exigen en sus condiciones de compra una menor emisión de gases de efecto invernadero (GEI), de cara a compromisos propios en la adaptación al cambio climático.

“El Gobierno puso como elemento central de su Plan Nacional de Desarrollo (2014-2018) el crecimiento verde, que requiere de la economía circular como pieza angular para contribuir con la competitividad del país, a generar menos desechos y más negocios, más empleos verdes”, añade Carlos Herrera Santos, vicepresidente de Sostenibilidad de la Asociación de Empresarios de Colombia (Andi).

Y Colombia, ¿qué?

Visto desde la demanda, en Colombia aún los consumidores mantienen patrones arraigados en la economía lineal. Además privilegian precio frente a atributos de calidad o de ampliar la vida útil de los productos.

“La economía circular plantea cambiar el chip de un modelo de productos a uno de servicios, es desmaterializar la economía: para qué comprar un taladro que solo se usará una vez al año, mejor lo alquilo o lo pido prestado, es más sostenible compartir que comprar”, explica Alejandro Álvarez Vanegas, profesor de Ingeniería de Procesos, en Eafit y coordinador de formación en cultura ambiental.

Agrega que por eso una herramienta definitiva de la economía circular es el consumo colaborativo, pues ayuda a reducir la presión sobre los recursos naturales y los ecosistemas, genera tejido social y aumenta la vida útil de las cosas. En ese sentido, ya en el país hay iniciativas de comunidades que buscan promover el consumo colaborativo, como el Colectivo Compartir Medellín, que hoy tendrá el Festival del Compartir (ver recuadro).

Algunos ejemplos

En cuanto a la oferta, Colombia ha dado algunos pasos dispersos hacia procesos productivos que retoman aspectos de la economía circular. Algunos lo hace por convicción, en que resulta ser un negocio redondo. Otros lo asumen por obligación de las normativas ambientales cada vez más exigentes.

El primer caso es el de 540 empresas colombianas se han sumado a programas de posconsumo de la Andi para gestionar de mejor manera la vida útil de pilas, llantas, lámparas, computadores y envases de plaguicidas y farmacéuticos.

Por su parte, la fundación antioqueña y de origen empresarial Socya, ha sido uno de los mayores ‘evangelizadores’ para que el sector privado del país comprenda las bondades de la economía circular: que “sí paga” mitigar impactos en medio ambiente y sociedad.

Opera la red nacional más grande para recuperar envases plásticos (PET) y de vidrio, que terminan en más envases de OI-Peldar o de “ecopet” para embotelladoras, cuando ese PET no es insumo para fibras de Enka empleadas en prendas de vestir o llantas, por ejemplo. O más de 200 toneladas anuales de aceite usado recogidos de restaurantes, gracias a la alianza con la empresa Ecográs. Lo recogido se usa como insumo para fabricantes de jabones o de biodiésel.

“Hay muchas empresas que no se han dado cuenta de los inmensos beneficios que les significaría en su rentabilidad y reputación asumir modelos de economía circular, desde el mismo diseño de los productos, de materiales de empaques más livianos, lo que trae ahorros en transporte”, advierte Juana Pérez Martínez, directora de Socya.

Pero también compañías como Cementos Argos, desde ya ven réditos de insertarse en procesos de economía circular: vende y lleva a sus clientes constructores sacos llenos de cemento y les recogen los vacíos, los trituran y sirven de insumo para fibrocemento de empresas que fabrican tejas.

“A la fecha llevamos 1,6 millones de sacos recogidos solo en Medellín para reutilizarse en otras industrias, lo equivalente a 2.285 árboles o 18.284 metros cúbicos de agua ahorrados por entender que no hay residuos, que decimos residuos a recursos mal manejados”, señala Camilo Restrepo, vicepresidente de Innovación de la cementera.

Por último, todos los consultados señalan que el Gobierno tiene una tarea pendiente en términos de señalar mejores estímulos al sector productivo: premiar la eficiencia energética y uso de fuentes alternativas con exenciones tributarias; y que pague más el que contamine más. Esto ayudaría a que la economía circular sea negocio redondo para Colombia, como ya es en países desarrollados.