Microsoft Word - CURRICULUM VITAE RESUMIDObis.docJavier Ansorena Miner.

Director técnico del Plan de Residuos de Gipuzkoa 2002-2016. Autor del libro “El Compost de Biorresiduos. Normativa, calidad y aplicaciones”.

La gestión de los biorresiduos entre nosotros se integra en valores culturales cercanos a lo mítico y lo místico. Mítico porque parece un concepto universal y precientífico que el compostaje constituye la principal alternativa a los tratamientos finalistas de incineración y vertido, a pesar de la dudosa sostenibilidad que, en territorios como Gipuzkoa (al igual que en otros de la cornisa cantábrica), representa todo el esfuerzo de los ciudadanos y las instituciones en la separación, recogida, transporte y tratamiento de los biorresiduos para obtener un producto al que somos incapaces de dar una salida adecuada. Y místico porque, para algunos colectivos, este asunto se considera un dogma de fe que no puede ser objeto de debate y reflexión, sino de obligada creencia.

La normativa comunitaria impone a los entes locales la obligatoriedad de impulsar la recogida selectiva y el tratamiento biológico de biorresiduos de cocina y de jardín, así como el uso del compost resultante. En Gipuzkoa hemos cumplido a plena satisfacción el primer requisito, gracias a la implantación de sistemas avanzados de recogida separada mediante contenedores personalizados y puerta a puerta. Y lo hemos hecho tanto en términos cualitativos (niveles de pureza del biorresiduo del 99%) como cuantitativos (más de 34.000 toneladas recogidas en 2015, frente a las 25.300 de 2014 y las 14.170 de 2013). Sin embargo, las otras dos etapas que permiten cerrar el ciclo de la materia orgánica en el marco de una economía circular presentan serias limitaciones.

Acabamos de conocer los problemas de funcionamiento de la nueva planta de compostaje de Epele (10.000 toneladas anuales de capacidad), proyectada para tratar menos de la tercera parte de los biorresiduos actualmente recogidos en Gipuzkoa. Es decir, deberemos continuar exportando cantidades ingentes y crecientes de biorresiduos a otros territorios vecinos, con los enormes costes ambientales, sociales y económicos que conlleva (unos dos millones de euros anuales). Este despilfarro es una de las causas de que el recibo de la basura que paga una familia donostiarra se haya quintuplicado en los últimos diez años.

Corremos el riesgo de trasladar el problema de los residuos urbanos al sector productor de sustratos y enmiendas, pasando de “montañas de residuos” a “montañas de compost”.

La planta de Lapatx (2.500 toneladas anuales de capacidad de tratamiento) no alcanza a tratar la décima parte de los biorresiduos recogidos en Gipuzkoa. Por ello la inmensa mayoría se desvían a instalaciones privadas de Funes, Caparroso o Itxassou sin que se produzca el retorno a nuestro territorio del compost obtenido en dichas plantas, porque no se sabe qué hacer con él. Hemos sabido también en fechas recientes que las instituciones competentes tampoco encuentran salida al compost obtenido en aquella. Esto significa que la política de biorresiduos adoptada en la anterior legislatura “empezó a construir la casa por el tejado”: recogida masiva de biorresiduos, sin disponer de capacidad de tratamiento de los mismos ni de un destino para el compost obtenido.

En el origen de esta situación se encuentra la naturaleza de nuestro sector primario, caracterizado por la escasez de suelos agrícolas (con elevados niveles de materia orgánica) y los importantes excedentes de residuos ganaderos, con los que el compost debe competir en condiciones de clara inferioridad. La única salida razonable que hemos encontrado hasta ahora ha sido su utilización en las áreas de la jardinería y el paisajismo.

Estos sectores vienen desde hace muchos años empleando materias primas y subproductos nobles como turba, cortezas de árboles, fibras de madera…, que les permiten obtener sustratos, enmiendas del suelo y abonos orgánicos de la máxima calidad y aceptación en el mercado. Y se muestran reacios a sustituirlos por biorresiduos y, en general, por cualquier tipo de residuo. Corremos el riesgo —como ya advirtieron los productores europeos hace varias décadas— de trasladar el problema de los residuos urbanos al sector productor de sustratos y enmiendas, pasando de “montañas de residuos” a “montañas de compost”.

¿Es la calidad de nuestro compost de biorresiduos equiparable a la de los materiales con los que tiene que competir? La respuesta es negativa: a pesar de la elevada pureza de los biorresiduos de partida y del excelente aspecto del compost obtenido, presenta algunas limitaciones que condicionan su aceptación por los posibles receptores: presencia de impurezas, variabilidad, salinidad y sodicidad, baja disponibilidad de nutrientes… Así me lo han manifestado reiteradamente sus representantes en los encuentros que he mantenido con ellos durante los dos últimos años.

Los países líderes en este ámbito han dimensionado sus infraestructuras basándose en criterios de racionalidad y sostenibilidad.

Invitado por la asociación APTYS, que agrupa a los fabricantes nacionales de tierras y sustratos, el pasado 28 de septiembre tuve la oportunidad de exponer y contrastar esta realidad en el marco de la feria internacional Iberflora. Como fruto del interesante debate que siguió a la presentación, se concluyó que dichos productores podrían constituir la más importante vía de comercialización del compost obtenido en regiones que presentan una problemática semejante a la nuestra. Pero para alcanzar un acuerdo que satisfaga plenamente a ambas partes es imprescindible establecer una comunicación fluida y permanente, que incluya las condiciones de aceptación del compost en todos los aspectos relativos a su calidad que hemos citado. Y que pueden ser objeto de mejora a través de diversas acciones de sensibilización y experimentación (reducción de impurezas, pelletización, preparación de mezclas…).

No habría que excluir decisiones como la limitación de la recogida selectiva a los biorresiduos crudos de origen vegetal(verduras, frutas y jardín) que contribuyan de forma simultánea a mejorar notoriamente la calidad del compost y a reducir los problemas de funcionamiento de las plantas de compostaje.

Así lo vienen haciendo con éxito los países, regiones y ciudades (Holanda, Flandes, Viena…) unánimemente reconocidos como líderes en este ámbito. Estos han dimensionado sus infraestructuras basándose en criterios de racionalidad y sostenibilidad, de modo que han conseguido dar una salida satisfactoria a su compost apostando por la calidad del producto frente a la cantidad de biorresiduo recogida. Así lo hicieron también en un comienzo, en nuestro entorno más próximo, municipios y mancomunidades de Gipuzkoa y Bizkaia, que posteriormente desistieron de hacerlo con el sorprendente argumento de que “la decisión coincide con las directrices europeas para los próximos años, en las que priorizan la generación de cantidad frente a su calidad”. Sobran los comentarios.