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Un grupo de jugadores utilizan sus ordenadores durante un campeonato de juegos de ordenador en Colonia.Un grupo de jugadores utilizan sus ordenadores durante un campeonato de juegos de ordenador en Colonia. WOLFGANG RATTAY REUTERS

La célebre ecuación “comprar, tirar, comprar”, que define la sociedad de consumo en su vertiente más salvaje, puede tener los días contados si prosperan los planes del Parlamento Europeo para que los aparatos averiados sean fácilmente reparados. Acabar con la obsolescencia programada, esa práctica según la cual la vida útil de los electrodomésticos y aparatos electrónicos estaría previamente determinada por el fabricante, es posible si hay voluntad política. Para evitar la muerte súbita de la lavadora, el repentino fundido a negro de un televisor o el ralentí de una impresora sin un motivo aparente, los fabricantes tienen que ponerse manos a la obra.

Aumentar el reciclado y la reparación forma parte del plan de la UE sobre economía circular. Según las recomendaciones de la Eurocámara, las grandes marcas de la electrónica y la informática deberían permitir extraer las piezas (una batería, por ejemplo) de los dispositivos para poder reemplazarlas por otras nuevas sin dificultades. Además, los usuarios deberían tener la posibilidad de acudir a cualquier tienda de reparación para ampliar la vida de sus teléfonos móviles, ordenadores, tabletas, planchas o secadores de pelo sin verse obligados a ir al servicio oficial del fabricante. “Tenemos que recuperar la capacidad de reparar los productos. Asegurarnos de que las baterías no estén pegadas al teléfono, sino atornilladas, de forma que puedan cambiarse en lugar de tener que tirar el móvil si la batería falla”, ha proclamado el eurodiputado del grupo de los Verdes Pascal Durand, que ha abanderado esta iniciativa.

En tal empeño, el Parlamento insta a la Comisión, a los Estados miembros y a la industria a crear una etiqueta específica para productos fáciles de reparar y a ampliar la garantía en caso de aquellos otros en los que los fallos se suceden con demasiada frecuencia. Las encuestas de la UE señalan que tres de cada cuatro consumidores preferiría intentar reparar un producto averiado antes que comprar uno nuevo. Pero la realidad es que casi siempre resulta más barata la segunda opción que la primera.

Tener a su alcance productos susceptibles de ser apañados será una buena noticia para ese tipo de consumidores no obsesionados por tener el último modelo de móvil o la cámara de fotos más moderna del mercado. También ganarán las empresas, a las que se aplicarán beneficios fiscales si sus objetos son susceptibles de pasar por el taller de reparación.

Pero todo en su justa medida. En sectores en los que la tecnología avanza a gran velocidad (ordenadores, móviles, televisores) la sustitución rápida puede ser beneficiosa. Fabricar productos que alcancen vida casi eterna puede no ser lo más rentable desde un punto vista ecológico. El frigorífico de hace 20 era menos eficiente que los actuales, y los coches del siglo pasado consumían mucho más combustible que los modernos utilitarios. Aunque todavía sobrevivan reliquias como la bombilla que luce en el parque de bomberos de Livermore-Pleasanton (California) desde hace más de un siglo, la industria y el consumo siguen su camino.