Las nuevas generaciones analizarán el impacto ambiental y social de los emprendimientos; la economía circular aplicada a los ladrillos gana protagonismo; de qué se trata

El ciclo de un pan francés es corto y fácilmente predecible. Se amasa, se hornea, se vende y se come. El ciclo de un desarrollo inmobiliario, en cambio, es un poco más complejo: desde su concepción hasta su “disposición final” pueden pasar más de 100 años. Hablar de economía circula -una alternativa al modelo de “usar y tirar”- en las propiedades todavía tiene sus desafíos y los interesados en impulsarla, que comienzan a movilizarse en la Argentina y en el mundo, lo saben.

La base teórica de la economía circular está en las “tres erres”: reducir, reciclar y reutilizar. El término surgió en la década del 80 del siglo pasado y hoy su principal impulsor es la Fundación Ellen MacArthur, una organización del Reino Unido que trabaja para acelerar la transición de un modelo lineal, en el que los recursos se usan y se descartan, a uno circular, en el que los materiales se reaprovechan.

En 2015 la organización evaluó el potencial de la economía circular en el sector inmobiliario y para eso utilizó el caso de estudio de Dinamarca. El informe calculó que hasta un 15 por ciento de los materiales para la construcción se pierden durante las obras por errores de cálculo, fallas en el guardado, robos y mala coordinación entre los diferentes actores. Además, identificó tres oportunidades para el país nórdico relacionadas con la construcción modular y la impresión 3D, el reciclaje de los materiales y los edificios con mixtura de usos -un mismo desarrollo donde haya oficinas, escuela y viviendas, por ejemplo, y donde además las personas que utilizan las instalaciones roten-. El potencial en ahorros, señala el estudio, es de hasta ? 600 millones en el primer caso, hasta ? 150 millones en el segundo y hasta ? 450 millones en el tercero.

“La idea de una economía circular se vuelve cada vez más una tendencia mundial y en la Argentina -apuntó Micaela Smulevich, directora de la consultora en sustentabilidad Green Group-. El concepto se caracteriza por ser restaurativo y regenerativo e intenta que la utilidad de los componentes sean utilizados en su máximo potencial en ciclos técnicos y biológicos. Al optimizar los rendimientos de los recursos y minimizar los riesgos del sistema el modelo mejora el rendimiento y el ciclo de vida”. Los interesados por la economía circular “inmobiliaria” en la Argentina aún son pocos pero ya comienzan a hacer ruido. Tino Lutteral es el director de la desarrolladora Nuevo Urbanismo y entiende este modelo como un proceso que comienza en el momento en el que se imagina un proyecto y que no termina con la entrega sino que se transforma en una relación de largo plazo entre quien construye el espacio y quien luego lo habita. “Es una mirada más integral desde la planificación urbana que comienza con entender el territorio donde va a suceder cada desarrollo”, explicó.

Añadió otros pasos que ayudan a “cerrar el círculo”: la elección consciente de los proveedores de la obra en función de cómo y dónde producen y de los materiales analizando su ahorro energético y su durabilidad para prevenir el descarte en el corto plazo. “Si queremos estar en sintonía con lo que está ocurriendo deberíamos estar dispuestos a cambiar el ladrillo, que emocionalmente sigue teniendo un significado de algo sólido, por otros materiales más sustentables”, analizó. Por otro lado, mencionó la posibilidad de que la relación entre el desarrollador y el comprador no termine en la entrega de llaves, sino que haya un intercambio más activo y orientado a generar una comunidad una vez que el proyecto esté habitado.

Otra mirada

Álvaro García Resta, subsecretario de Desarrollo de Proyectos del Ministerio de Desarrollo Urbano y Transporte de la Ciudad, planteó otra posible aplicación, más relacionada con la economía colaborativa, el sistema por el que se comparten e intercambian bienes a través de plataformas digitales. “En lo urbano hay ciertas eficiencias posibles. Las bicicletas y los automóviles ya se comparten, pero también existen posibilidades con las cocheras, por ejemplo: los espacios en el centro quedan casi vacíos el fin de semana y se podrían aprovechar”, señaló.

Advirtió que “cuanto más privada es la acción que se debe llevar adelante, mayor será la resistencia a recurrir a formas colaborativas” y que “habrá un tiempo de resistencia a la adopción”, pero que la tendencia será cada vez más fuerte, sobre todo en áreas urbanas. Algunos expertos ya hablan de compartir oficina más allá del modelo de coworking, que constituye un ejemplo de cómo aprovechar más los metros cuadrados de un edificio pensado para trabajar. En ese sentido, la Fundación Ellen MacArthur calculó que la oficina media sólo se usa entre el 35 y el 50 por ciento del tiempo, incluso durante el horario laboral.

Para ambos expertos, el consumidor es una pieza clave del posible éxito de la economía circular en el mercado inmobiliario. En palabras de Lutteral: “Hay otras industrias que ya llevan más tiempo apelando al consumidor responsable que se cuestiona en qué condiciones se creó lo que está comprando. En el real estate se despertó algo de interés con la certificación LEED -un sistema de legitimación para edificios sustentables- pero no es suficiente.

La principal objeción a la circularidad en el mercado inmobiliario la posibilidad de que el precio aumente si el proceso de construcción es “cuidado”. Lutteral refuta: “Si a mí no me dan valor busco precio -opinó-. Pero si me dan valor el precio es una variable más en la decisión”.

Las iniciativas

Si bien no hay un gran interés de los desarrolladores por la economía circular, existen iniciativas en la Argentina de la mano de emprendedores. Uno de ellos es Marcos Heyd, creador de La Escombrera, un proyecto que tritura y clasifica residuos de construcción y demolición para transformarlos en áridos ecológicos y reutilizarlos.

“La construcción es una de las industrias que más contaminan por los componentes que se utilizan y las dificultades para arrojar los residuos de obra. Podríamos recuperar el 80 por ciento de los desechos que hay en un volquete”, señaló el emprendedor, a la cabeza de un proyecto que nació hace tres años y tiene socios como Holcim, que ya no generará más residuos en sus dos plantas hormigoneras por el trabajo conjunto.

El reemplazo por materiales más sustentables es otro modo de buscar la circularidad y Sebastián Sajoux, fundador de Arqlite, lo persigue con sus piedras plásticas de 10 a 20 milímetros, sustitutas más económicas para la leca, el árido cerámico ligero que se emplea en la construcción. Se trata de piezas livianas, que pesan tan solo un tercio de un canto rodado y aíslan térmica y acústicamente hasta 10 veces más que las alternativas tradicionales. Se utilizan para fabricar hormigón no estructural, para rellenar drenaje de humedad en vialidad o para proyectos de paisajismo a diferentes escalas. Además, aprovechan los plásticos no reciclables que, según Sajoux, conforman el 70 por ciento del total de este tipo de residuos. “El producto tiene ventajas técnicas, pero lo que tracciona al mercado de la construcción es el precio, ya que no hay regulaciones que pidan mayor sustentabilidad, y a las compañías las empuja la ley”, sostiene el emprendedor.

Gustavo Diéguez es cocreador del estudio de arquitectura A77 junto con Lucas Gilardi y trabaja con él desde 2006. Crean espacios por medio del reaprovechamiento del material. Crearon, por ejemplo, el Centro Cultural Nómade con un contenedor portuario en desuso, que durante siete años fue parte de la Fundación Proa. “Nuestra obra tiene un sentido no solamente ligado a la recuperación del material sino también a la producción de dinámicas sociales de distinto orden”, detalló el arquitecto. El estudio toma materiales de desechos industriales y hasta de mobiliario urbano en desuso. Para la remodelación de una casa, por ejemplo, tomaron unas barandas que antes se encontraban colocadas en la General Paz. A77 trabaja con material recuperable que encuentra en el momento y según la oportunidad.

Para Lutteral, será cuestión de tiempo: “Las redes sociales están poniendo en jaque a todos los operadores económicos y eso también va a llegar al mercado inmobiliario, que hasta ahora era muy imperfecto por la falta de crédito hipotecario y por los inversores intermedios, que buscaban proteger el patrimonio y tener una rentabilidad. Ahora hay más posibilidades de que eso cambie”, concluyó.